Deporte, ¿malo para el corazón?

Hacer deporte es saludable, pero no siempre. La inflamación del músculo cardíaco puede llegar a provocar la muerte. ¿Cómo reconocer esta enfermedad? ¿Cómo evitarla?

El deporte, en vez de saludable, puede resultar peligroso si la persona que entrena se halla debilitada. El deporte, en vez de saludable, puede resultar peligroso si la persona que entrena se halla debilitada.
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DW

Ursula Hildebrandt es médico en la Escuela Superior de Deportes de Colonia. Trata a deportistas que padecen inflamación del miocardio, la porción muscular del corazón.

La enfermedad ataca el motor del cuerpo humano: el músculo cardíaco bombea sangre a través del organismo. Si se inflama o se debilita su rendimiento decae y este suministro imprescindible para la supervivencia se estanca.
Riesgo para cualquiera

“En principio cualquiera puede sufrir una inflamación del miocardio. Lo mismo deportistas de alto rendimiento, que personas que viven sentadas sobre un sofá”, asegura Ursula Hildebrandt.

Eso sí, el riesgo mayor aparece entre deportistas y personas que usan activamente su cuerpo. Pues, en muchos casos, la inflamación –que los médicos llaman miocarditis– aparece cuando alguien vuelve a entrenar demasiado pronto tras sufrir una infección.

El deporte, en vez de saludable, puede resultar peligroso si la persona que entrena se halla debilitada: después de la actividad física, el cuerpo es más susceptible de agarrar una infección. Si las bacterias o virus logran infiltrarse, se moverán en masa por la sangre. Mientras trotamos o jugamos fútbol, la sangre corre más rápidamente a través de las cuatro cavidades cardíacas, conectadas por válvulas.

La sangre se arremolina en estas válvulas como el agua en las exclusas de un río con fuerte corriente. Y si nos movemos, lo hace con más fuerza, así que los agentes patógenos contenidos en la sangre pueden quedar atrapados tras las válvulas cardíacas. La consecuencia: una inflamación.
Reglas claras… conservan la salud

Para evitarlo, lo más importante es curar a fondo cualquier enfermedad, insiste la doctora Hildebrand. Tras un resfriado, por ejemplo: “tienen que haber pasado al menos dos días desde la última fiebre.

Y no puede haber ya ni restos de esa flema verde-amarilla”. Pues lo contrario significaría que nuestro cuerpo aún está poblado de gérmenes peligrosos. Esta enfermedad se anuncia a través de los más variados síntomas: desde molestias agudas como dolores de pecho o falta de aire, hasta señales silenciosas como la agitación del pulso en reposo o sudores nocturnos. Por eso es frecuente que el diagnóstico sea más bien tardío.

Es una bomba de tiempo pues, si la persona enferma se somete a algún esfuerzo –por ejemplo, si sigue entrenando sin saber que no debería–, la enfermedad oculta puede conducirla a un paro cardíaco y, con él, a la muerte. Como en 2009, cuando el atleta alemán René Herms fue hallado muerto en su casa. La autopsia reveló que el joven corredor de 26 años había fallecido a causa de una ignorada inflamación del micardio. El día de su muerte, René había entrenado.

Lo mismo podía haberle sucedido a Fabian Spinrath, corredor de 800 metros. Todo empezó con un enorme y desacostumbrado cansancio tras una larga carrera de resistencia. “Normalmente, uno se recupera tras 10 minutos; yo dormí cinco horas”, cuenta. Su médico de cabecera sospechó una infección bacterial. Pero, un mes y medio después, los antibióticos no habían resuelto el problema.

El diagnóstico de inflamación del miocardio fue todo un reto para el entonces joven deportista de 18 años: seis meses evitando cada esfuerzo físico, tomando el elevador en vez de subir por las escaleras, dejando alejarse al tranvía en vez de correr unos metros para alcanzarlo a tiempo… ¡y ni pensar en entrenar!

Entretanto, su músculo cardíaco se considera curado, su corazón funciona nuevamente como antes de la enfermedad. “Queríamos que no le quedaran secuelas. Si hubiésemos recomenzado demasiado pronto, podría sufrir limitaciones en el funcionamiento cardíaco por el resto de su vida”, aclara Ursula Hildebrandt, su doctora.

Cada enfermo es un mundo

Cada inflamación es diferente. Por lo tanto, cada terapia tiene que adecuarse a la enfermedad y al enfermo. Como regla de oro: los pacientes deben evitar cualquier esfuerzo físico durante al menos medio año. Además deben asegurarse una alimentación saludable, abundante sueño y nada de alcohol. Según el agente patógeno, puede ser necesario el uso de medicamentos.

La enfermedad afecta lo mismo a las llamadas naciones desarrolladas como a aquellas en vías de desarrollo. En las primeras, es más frecuente que los desencadenantes sean infecciones virales, en las segundas, suele tratarse de bacterias y hongos. La única manera efectiva de protegerse: curarse del todo tras cada infección y escuchar atentamente las señales del propio cuerpo.

                                                               

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