No perdamos la capacidad de sorprendernos

por Carlos Andrés Vanegas

De los distintos efectos del mundo moderno en nuestras vidas solo hay uno que realmente me preocupa. Siento que estamos perdiendo la capacidad de sorprendernos.

Archivo Semana - Carlos Andrés Vanegas - Empresario, profesor universitario y periodista económico - Blog: carlosavanegast.blogspot.com - Twitter: @carlosavanegast Archivo Semana - Carlos Andrés Vanegas - Empresario, profesor universitario y periodista económico - Blog: carlosavanegast.blogspot.com - Twitter: @carlosavanegast

Cuando era niño vivíamos en el barrio la Campiña en Suba. Una tarde mis padres llegaron a casa con un regalo particular, y junto a mi hermano mayor empezamos gritar ¡un betamax, un betamax, un betamax! Para celebrar la compra fuimos a Betatonio y alquilamos la maravillosa película La historia sin fin, una adaptación de la famosa novela de fantasía (1979) del escritor alemán Michael Ende.

Recuerdo que vi esta película una y otra vez durante todo un fin de semana. Y ahora que lo pienso el mensaje principal de La historia sin fin me ha acompañado toda la vida. Son nuestros sueños los que le dan sentido a la vida. Es nuestra capacidad de maravillarnos por los detalles más pequeños lo que nos permite ser felices.

En 2008 el famoso escritor en tecnología Nicholas Carr publicó un artículo con el sugestivo título “Is Google Making Us Stupid?” Desde entonces ha surgido todo un debate sobre el impacto de las nuevas tecnologías en el cerebro. Para algunos autores gracias Internet hoy en día somos “más estúpidos”, y para otros autores, hoy en día somos “más inteligentes”. De hecho, ese mismo año el gurú de los nuevos medios, Don Tapscott, publicó su influyente libro “Grown Up Digital” en el que presenta una visión totalmente distinta a la de Nicholas Carr. Según Tapscott la Generación de la Red (aquellos nacidos entre 1977 y 1997), los primeros en crecer rodeados de tecnologías digitales, “son más inteligentes, capaces e innovadores que otras generaciones”.

Sin embargo hoy no pienso meterme en este debate. Todo lo contrario mi opinión es que, muy en el fondo, existe otro debate mucho más relevante para todos nosotros. Tal vez el tema no sea tanto si la tecnología nos hace más inteligentes o brutos. El problema es si esta nos ayuda a ser más felices o infelices. Debo reconocer que como profesor universitario cada semestre me es más difícil sorprender a mis alumnos. Aunque seguramente cuando también yo era estudiante miraba la ventana y me volaba de tanto en tanto, siento que genuinamente las nuevas generaciones son distintas.

Me preocupa en serio que por andar metidos en nuevas tecnologías, videos en YouTube, Facebook, y películas como Avatar etc. nuestros estudiantes estén perdiendo la capacidad de maravillarse con la vida. El problema es que la felicidad surge cuando uno aprende a sorprenderse por los pequeños detalles.

Este en realidad es un asunto serio. En 2006 el profesor en psicología de la Universidad de Harvard, Daniel Gilbert, publicó el fascinante libro “Stumbling on Happiness” en donde explica estos conceptos a partir del funcionamiento del cerebro. Décadas de estudio de la neurociencia han permitido concluir que los seres humanos “nos acostumbramos a una velocidad impresionante a nuestras posesiones”. Por ejemplo, tener un BMW le puede generar inmensa felicidad al comienzo. Pero muy pronto esta felicidad empieza a desvanecer. La situación se empeora en un mundo hiperconectado lleno de opciones. Peor aun hoy los jóvenes con menos ingresos conocen un mundo lleno de posibilidades en la red, pero de carencias en la vida diaria.

Para soportar mis argumentos quisiera presentar mi experiencia personal sobre el tema. En el colegio siempre que había un estreno hacíamos cola por horas en el Bulevar Niza para poder ver una película. Hoy en día tenemos miles a nuestra disposición en Netflix o Cuevana y nos da pereza. Cuando pude comprar mi primer portátil literalmente me quedé mirándolo toda la noche. Soñaba con toda la música que podría escuchar y hoy en día es un hecho tan natural como si no tuviera valor. Es lo que el famoso psicólogo de la Swarthmore College, Barry Schawartz, llama “la paradoja de la elección”. Ya nada parece sorprendernos a adultos y jóvenes por igual.

Ahora bien la pregunta parece ser ¿cómo defender nuestra capacidad de maravillarnos por la vida? Si el cerebro se acostumbra tan rápidamente a nuestras nuevas posesiones en un mundo hiperconectado ¿no hay nada que podamos hacer? Con el tiempo he encontrado la respuesta a esta pregunta en mis clases de emprendimiento en la Javeriana.

Lo que he visto es que a pesar de la tecnología siempre lo que más despierta emoción en los estudiantes es la interacción humana. Cuando tienen que sacar proyectos adelante, conversar y jugar. Esta es tal vez la clave del asunto. No hay tecnología que remplace nunca los sentimientos más puros del ser humano: el amor, la amistad, la compañía. Allí, valorando los pequeños detalles, es donde tenemos que defender la capacidad de sorprendernos por la vida.

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